miércoles, 3 de marzo de 2010

EL MUNDO

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso-reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se pueden mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

1 comentario:

  1. Freire captó con rapidez que la educación de adultos no podía consistir simplemente en una entrega lineal de conocimientos, sino que debía estar entrecruzada en el tejido social de la cultura de la nación. En los años sesenta, la mitad de los habitantes del Nordeste de Brasil no sabían leer ni escribir. El problema era, entonces, interesar a los adultos en el aprendizaje, que debía ser diferente al método empleado con los niños. Además, razonó, este método tiene que estar inmerso en el medio que conoce el adulto. De esta simple reflexión se origina una metodología de la educación de adultos que daría la vuelta al mundo y le valdría a su autor una docena de doctorados Honoris Causa en las más grandes universidades.

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